Muertitos y coleando

Los cementerios siempre me llamaron la atención. Seré obvio, por eso de la muerte.

A pesar del machaque infantil con la vida eterna, a muerte siempre la asocié con fin: todo acaba y ya. Una cagada. Entonces, muerte es preocupación, angustia y  miedo.

Hasta que leí un cuento de Italo Calvino que me exorcizó esos sentimientos. Haga el favor: mire un ratito este ángel.

Foto: El Sudaca Renegau. Licencia CC 2.0 Cementerio de Guaminí

Ahora lo invito a leer el relato breve de Calvino, que le mencioné antes, del libro Las ciudades  invisibles. Yo en su momento reemplacé  Eusapia por Guaminí, pero Ud. hágalo con su ciudad.

LAS CIUDADES Y LOS MUERTOS. 3

“No hay ciudad más propensa que Eusapia a gozar de la vida y a huir de los afanes. Y para que el salto de la vida a la muerte sea menos brusco, los habitantes han construido una copia idéntica de su ciudad bajo tierra. Esos cadáveres, desecados de manera que no quede sino el esqueleto revestido de piel amarilla, son llevados allá abajo para seguir con las ocupaciones de antes. De éstas, son los momentos despreocupados los que gozan de preferencia: los más de ellos se instalan en torno a mesas puestas, o en actitudes de danza o con el gesto de tocar la trompeta. Sin embargo, todos los comercios y oficios de la Eusapia de los vivos funcionan bajo tierra, o por lo menos aquellos que los vivos han desempeñado con mas satisfacción que fastidio: el relojero, en medio de todos los relojes detenidos de su tienda, arrima una oreja apergaminada a un péndulo desajustado; un barbero jabona con la brocha seca el hueso del pómulo de un actor mientras éste repasa su papel clavando en el texto las órbitas vacías; una muchacha de calavera risueña ordena una osamenta de vaquillona.

Claro, son muchos los vivos que piden para después de muertos un destino diferente del que ya les tocó: la necrópolis esta atestada de cazadores de leones, mezzosopranos, banqueros, violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos contó nunca ciudad viviente.

La obligación de acompañar abajo a los muertos y de acomodarlos en el lugar deseado ha sido confiada a una cofradía de encapuchados. Ningún otro tiene acceso a Eusapia de los muertos y todo lo que se sabe de abajo se sabe por ellos.

Dicen que la misma cofradía existe entre los muertos y que no deja de darles una mano; los encapuchados después de muertos seguirán en el mismo oficio aun en la otra Eusapia; se da a entender que algunos de ellos ya están muertos y siguen andando arriba y abajo. Desde luego, la autoridad de esta congregación en la Eusapia de los vivos esta muy extendida.

Dicen que cada vez que descienden encuentran algo cambiado en la Eusapia de abajo; los muertos introducen innovaciones en su ciudad; no muchas, pero sí fruto de reflexión ponderada, no de caprichos pasajeros. De un año a otro, dicen, la Eusapia de los muertos es irreconocible. Y los vivos, para no ser menos, todo lo que los encapuchados cuentan de las novedades de los muertos también quieren hacerlo. Así la Eusapia de los vivos se ha puesto a copiar su copia subterránea.

Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos.”

¿Recuerda el ángel que le pedí que observe?…Véalo ahora

Foto: El Sudaca Renegau. Licencia CC 2.0 Cementerio de Guaminí. Ángel  oliendo flor del mundo de los vivos. Atrás el quía reprueba.

*

Recorriendo el cementerio de Guaminí, encontré un pequeño mausoleo destartalado por los años: claro es de 1891. Lo primero que me atrajo fue el vitraux.

Foto: El Sudaca Renegau. Licencia CC 2.0
Los relejosse deben a que tuve que fotografiar a través de un vidrio.

Pero lo verdaderamente importante (para mi), lo hallé en la lápida de mármol grabada  que se encuentra debajo del vitraux.

Ilegible porque los años borraron la pintura del bajorrelieve, pero se lo escribo:
“Aquí yacen los restos de Bautista Duhart y doce hijos.
QEPD
Fallecieron el 14, 18, 19, 23, 24, 26 y 28 de Diciembre de 1889 los hijos. El 19 de marzo de 1891 el padre. Su esposa y madre Margarita E. de Duhart les dedica este eterno recuerdo.”

En el mármol no están todos los datos: los nombres y las fechas del deceso de los doce hijos. Le pedí información o a mi amigo Pono por mail e inmediatamente me envió un texto que intenta revelar lo cierto de la epidemia de tifus en el fin del Siglo XIX por aquellos pagos. Mi amigo Pono es  guaminense y guamininólogo: del texto  extraigo:

“Bautista Duhart, fallecido de difteria el 19 de marzo de 1890, enfermedad que se llevó también a sus 12 hijos: Martin, de 12 años, el 14 de diciembre 1889; Martin, de 14 años, el 18 de diciembre 1889; Bernardo, de 13 años, el 19 de diciembre de 1889; Martin, de 7 años, el 23 de diciembre 1889; Isabel, de 8  años, el 24 de diciembre 1889; María, de 3 años, el 24 de diciembre 1889; Mariana, de 4 años, el 25 de diciembre 1889; Jerónimo, de 10 años, el 28 de diciembre 1889; Francisco, de 6 años, el 28 de diciembre 1889; Gracia, de 10 años, el 28 de diciembre 1889; María, de 8 años, el 7 de abril de 1890 y, finalmente, María Josefa, de 11 días, el 8 de mayo de 1890.”

Mi amigo Pono es museólogo e investigador. Siempre me dio pistas pero no supe entender. Hasta ahora. ¡El  pertenece a la cofradía de encapuchados!.

Te extraño amigo Pono.

PD: el libro completo de Calvino lo encontrará en el post El tren sudaca Etnografía Urbana

 

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4 pensamientos en “Muertitos y coleando

  1. mi padrino se suicido adolescente y su madre, mi abuela materna, un par de años despues, para yacer en el mismo pozo -necesitaba el paso del tiempo para que tal maniobra fuera autorizada.
    Es por ello que mi madre veinteañera me llevo durante cuatro o cinco años, regularmente al cementerio de Avellaneda, lugar de peregrinaciòn rockera porque ahi descansa por fin Luca Prodan, rodeado de botellas de ginebra que le dejan los viandantes niños.
    El olvido que se lleva casi todo no se llevo mi propia imagen corriendo entre las tumbas en la avenida principal del cementerio de Avellaneda, la curiosidad por lo que decian las lapidas, el recuerdo de alguien que una tumba habia remedado una casita (se ve que el que ahi estaba soñaba una casa) y las tumbas de angelitos con sus juguetes de plastico destiñendose al sol.
    Ya nadie va a los cementerios en mi familia y todos quieren ser cremados. Es que han pasado 50 años de lo que te cuento y han cambiado usos y costumbres. Pero yo quiero que me entierren en sagrado. Sera por eso de que le perdi miedo a los cementerios.

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  2. De pronto pasa un año y ni noticias y un mail entra y ya está. No hace falta que diga mucho, unas letras sueltas, no más. Lo importante es lo simbólico: dos amigos/hermanos que respiran al unísono y por unos minutos piensan el uno en el otro.
    Largo tiempo yacerás bajo la tierra, sin mujer y sin amigo, bebe vino!
    Besos y abrazos guaminenses, hermano armenio turro…!

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  3. Se me escapó un lagrimón. No leia a Calvino desde mi adolescencia! Que fotazas! Las retocaste o tienen ese hálito de luz que parece que un fantasma los revisitara? Una de ellas es muy especial. Cuántas historias aguardan en los cementerios de pueblos. estupendo relato. Gracias.

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