Una pendejésima diferencia

Recuerdo que debía dar el final de Antropología Biológica II, una materia que reunía contenidos de paleo-antropología y anatomía comparada, desde los agnatos hasta los vertebrados superiores, y por supuesto, los homínidos. A veces tengo pesadillas en las que no estoy recibido y debo Biológica II.
Ese final era complejo de aprobar. Tenía una parte teórica y una práctica. Te tiraban un hueso de cualquier cosa y uno debía comenzar a hablar. Básicamente había que desarrollar la memoria.
Era imprescindible el repaso de material en los horarios de consulta de la cátedra. Otra era subir desde el subsuelo del museo, donde cursábamos y visitar las salas.  Poco tiempo después de recibirme, la Facultad tuvo su propio edificio  separado del Museo.

Una tercera era sacar fotografías de los especímenes en las salas, para no estar restringido a los horarios de consulta. (Esa tercera  se me había ocurrido a mí).  Para eso conté con la venia de Roque, un ordenanza que me permitió hacerlo. Con los años perdí el álbum  de  esas fotos. Es posible que esté en una caja que no quiero revisar.

Pensar que ahora es posible entrar al Museo de Ciencias Naturales de La Plata desde su computadora.

Los atlas de anatomía comparada  no reflejan lo que efectivamente es el material con que te tomarán examen.

No me pasó lo de Una noche en el museo. Ningún muerto cobró vida. Pero tuve una revelación.
Mis  pasos resonaban en la madrugada sin competencia con ningún ruido.
Necesitaba fotografiar cosas de las vitrinas de la sala que da a la biblioteca, donde está el cráneo de ballena azul, porque allí están los  peces. También otra sala  con reptiles, y la histórica de osteología comparada (o sala histórica), donde está la vaca ñata, el elefante del circo con sobrehueso por el grillete y los mamífereos en general, con las ballenas en el techo. Esa sería la última, que está pegada a la portería.
Comencé por la de reptiles. Necesitaba fotografiar al cocodrilo. Yo recorría con mi linterna y la réflex con flash. El enfoque era de prisma partido y  la linterna me ayudaba.

De a poco comenzaba a amanecer y tenía que terminar antes de las siete, porque a esa hora llegaban los primeros investigadores a los laboratorios y a Roque lo levantarían en peso si alguien me veía.

Terminé con el cocodrilo. Seguí con la sala donde estaban los peces.

Los malditos millones de huesos, que a lo largo de la evolución se irán fusionando.

Dije malditos, porque debía memorizarlos.

Luego de fotografiar al joputa del osteictio (pez óseo), fui a la Sala Histórica (si pincha, podrá hacer un recorrido de 360º).

Fotografié al puma, a las articulaciones de la vaca ñata, y finalmente llegué a la vitrina en cuestión:

De derecha a izquierda: chimpancé, gorila, orangután y Homo sapiens.

La revelación estaba allí. Somos animales.

Ud. dirá… – ¿Y?… ¡Ya lo sabía!.-

Pero a mi me cayó la ficha en ese preciso momento.  El 99,4 %  del ADN del chimpancé y el humano es igual. Somos prácticamente la misma cosa.  Somos animales mamíferos. Somos homínidos. Los huesos tienen igual nombre.

El 0,6 %  de diferencia de ADN nos permite cuestionarnos por el sentido de la vida,  hablar por teléfono, construir bombas, hacer huelga, adorar dioses, saltar a la soga,  tener conciencia de si,  llorar por amor, erigir  museos y terminar con la vida sobre este cascote que comenzó a gestarse hace 3.500 millones de años.

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6 pensamientos en “Una pendejésima diferencia

  1. ya lo escribio Humberto Costantini y me place infinitamente tener una excusa para cortar y pegar
    Hombrecitos, apenas una nada, una invisible cosquillita en el cosmos, apenas una copa de vidrio, una osamenta, un cachito de acrílico entre el polvo reseco de un planeta difunto que pelotudamente seguirá mañana girando y girando en el espacio.

    Hombrecitos, carajo, pulguientos, asustados, enfermos monitos marchadores, aparecidos por pura carambola de vaya a saber qué jodido entrevero de los genes en algún mono mishio y atorrante (pero flor de padrillo, la verdad sea dicha).

    Hombrecitos, parientes pobres, primos medio degenerados de tanto bicho hermoso, sosegado, sin revires, perfecto (digo el lemur, el mono espléndido, rico como ninguno en alimentos, el bisonte, de testuz respetable, el sigiloso lobo que depreda en manada, la pantera, el delfín, la cebra, el seguro elefante, el rápido venado inalcanzable, el prodigioso gato, la ballena, el león… tan bien plantados todos, tan dignos todos, tan de veras).

    Puta, mis hombrecitos, mal hechos, azorados, julepeados, sufrientes, eternos contempladores de estrellas, curiosos, preguntones al pedo, bailarines de piantados rituales, inquietos, movedizos, charlatanes, contadores de sueños, contadores de extrañas pesadillas en que intervienen Dioses (a lo mejor medidas en hexámetros) frangolladores incansables de la madera, del barro, de la piedra, del bronce, de la lana, del cuero, de absurdos dibujitos que simbolizan sueños, o gritos o palabras.

    Hombrecitos, adoradores del fuego, sopladores de flautas, golpeadores de parches, tocadores de cuerdas tendidas en un arco, aulladores, proferidores de piantados discursos que provocan el éxtasis, o el pavor, o el deseo, o la risa.

    Hombrecitos, carajo, conocedores de la muerte, desesperados inventores de parodias de vida, desesperados inventores de juguetes inútiles: el perfil coloreado de una mano en la piedra, una máscara, un dolmen, la Biblia, el Taj-Mahal, un enanito de jardín, los versos de la señora de Giannello, todo lo mismo, siempre, siempre lo mismo, voces chivando en el desierto, hermanos, angurria de no morir del todo, y bueno.

    Hombrecitos, queridos, entrañables hombrecitos: calzoncillos, ruleros, forúnculos, barritos, camisas de dormir, reumatismos, soponcios, almorranas, miedos, resfríos, malas digestiones.

    Hombrecitos, sí, pero de pronto generosa entrega, coraje, centelleos de hermosa piantadura, amor, prodigio, prodigiosa belleza o heroísmo. Monitos marchadores sí, pero de pronto hombres, semejantes a Dioses, pero de pronto Dioses.

    Hombrecitos, mis hombrecitos, puntitos hormigueando en la Tierra, todavía, jugando a cosas raras, tambaleándose al borde de la muerte, cantando, preguntando, maldiciendo… bastante divertidos si se los mira bien.
    (de Dioses, Hombrecitos y Policias)

    • Tengo un racionalismo lamentable que no me enorgullece para nada. Entonces Dios no forma parte de mi argumento. (Una falencia). El sentido de la trascendencia lo encontré en los hijos. No necesitan ser biológicos o adoptivos. Pueden serlo, cómo no, pero en este caso, hijos son todas las cosas que uno deja que valen la pena: hijos-personas, hijos-ideas, hijos obras en general. Mejor lo escribe Hamlet Lima Quintana, pero en vez de Mercedes, le dejo la versión de Pedro Guerra. Mire… el se fue en el 2002 y acá sigue.

  2. Yo tuve que memorizar huesos, músculos, vasos sanguíneos, y nervios del ser humano para Anatomía y maldije más de una vez a nuestra especie 🙂
    Una curiosidad es que de los primates, tan belicosos en general, (nosotros incluidos) los más pacíficos son los bonobos (Pan paniscus) que resuelven sus disputas mediante el sexo. Son verdaderos cultores de “hacer el amor y no la guerra”.

    • Ya que se va pa esos lados, dije una pequeña mentira. No tenemos todos los mismos huesos. Los humanos hombre hemos perdido el báculo (hueso peneano) y hay que apechugar sin soporte óseo. Ya me llegará el tiempo de lamentarlo realmente.

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