Amor incondicional (mi versión libre de un cuento popular)

El tipo está acostado  y su mujer le sostiene la mano con rostro compungido.

El la siente pero deja los ojos cerrados. La luz le perfora el cerebro.

Finalmente se la juega y la mira, para darle un signo de vida y gratitud.

Y con un hilo de voz, comienza una serie de sonidos guturales por el costado de la cánula de su boca que le dificulta la pronunciación.

Ella lo mira con ternura… eso que  queda cuando se va la pasión.

El piensa que tampoco el yeso masivo, el olor a desinfectante, la blancura de las paredes y sobre todo, los gemidos de los pacientes de la camas vecinas que deja pasar la tela del biombo, ayudan para otro clima.

Entonces, se arranca la cánula y  habla, por primera vez después del accidente, a pesar del gesto de cuadro enfermera con el índice cubriendo la boca que le pone su amada esposa.

Stencil de Nicolás Massone

María…No, dejame que lo diga aunque me muera.

No sé como agradecerte todos estos años a mi lado. Espalda con espada en la adversidad y la pasión   en las noches aciagas.

María… vos que me hiciste entrar en la obra. Yo no conseguía trabajo y moviste tus influencias. Y el capataz… bueno… está bien que él no tuvo la culpa de la soga.

Aprovecho también para decirte, ahora que me acuerdo… cuando la soga se cortó y caí del octavo piso…

Como ahora… estuviste a mi lado. Y los ocho meses de rehabilitación. Incondicional, estoica. Alimentándome con la cuchara de plata en la boca. Esa que se calienta mucho y quema.

Y luego con lo del auto. Justo me estabas contando un hermoso cuento y … las lágrimas de la emoción … y el impacto.
Veía desde el cielo tu cara y solo me detuvo la veleta del techo de la jaula del puma. Y no pudiste salir hasta diez minutos después, herida por el impacto frontal del Crevy, y avisar que la fiera estaba sobre mí. Y me cuidaste como ahora, con amor, ternura y devoción.

Lo último fue el ascensor. Me llamaste  y  nuevamente la caída… como el andamio, como mis pesadillas infantiles.

Se produce un silencio. Se mira y donde debieran estar, solo ve las sábanas pegadas al colchón. -¡Para qué quiero las piernas si puedo contemplar tu rostro todavía infantil y risueño!…-

Ché… eso. ¿De qué te reís?… ¡María y la reputísima!… ¡¡¿No serás yeta?!!…


Epílogo: El tipo de mi cuento es un perdedor. Allí ha vuelto con casco.

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