Nosotros y los otros (La mirada de los otros II)

1. Hace muchos años, al lado de casa comenzaron a construir. Hasta entonces teníamos el galpón sin llave, pero por precaución, decidimos asegurar la puerta porque allí  guardamos las herramientas, la mezcladora, la máquina de cortar pasto, y chucherías.

En ese tiempo no teníamos los chicos y la  casa quedaba sola por varias horas. Una tarde llegué antes que de costumbre y salí al jardín  a tomar mate bajo el fresno sin que me escuchen los obreros. La medianera es un cerco vivo de ligustrina. Los albañiles charlaban con los techistas que estaban por partir y les preguntaban: -Ché, los vecinos- (por nosotros) -¿Qué onda?…Digo por las herramientas…¿Se las robarán?- Los albañiles dijeron: -parecen buena gente. Hasta ahora no nos han robado nada-

Desde ese día dejo  el galpón sin llave.

Licencia CC 2.5

2. Tengo una amiga que estaba casada con un ginecólogo. Ella era de una familia de la aristocracia platense, y su matrimonio no era del agrado de sus padres. Con los hijos chicos fueron a vivir a Misiones. Allí el marido trabajaba en el hospital y  ella en la facultad. Cuando lo acompañaba a la selva, para las guaraníes, ella era la rubia esposa del doctor. (Ambos rubios y profesionales. Objetivamente, no dejaba de ser  la rubia esposa del doctor). Casi no le hablaban. Cuando les conversaba en su condición de madre, se hermanaba, la veían como un par: una mujer con hijos. Ella también sufrió en el parto. Las rubias lloran.  Cuando adoptó una niña guaraní, se transformó en la chamiga María Marta.

Foto mmo (Pinche para ver mejor) Licencia CC 2.5

3. Esto pasó ahora, en la semana.

Septiembre, es el mes de al rinitis alérgica y  la albañilería. Desde hace años que con el calorcito, me pongo a ampliar la casa. La autoconstrucción no termina nunca.

Este invierno comenzaron a construir los vecinos del otro lado. Los albañiles paraguayos de los vecinos son dos: el padre y el hijo. Los veo todos los días y los escucho hablar y trabajar.  Cuando nos cruzábamos  solo el padre contestaba el saludo. Como comenzó el calorcito, llegó la hora de ampliar la cocina: así que después de preparativos,  compré maderas de encofrado, materiales y ladrillos. Por fin, le di a la tecla mágica que hace girar la mezcladora y el chirrido de la correa emitió su musiquita.

El pibe sintió el ruido y se asomó por la medianera: me vio en una nube de polvo con la pala ancha en la mano llenando el trompito, vestido con una remera agujereada, gorra, los auriculares del mp3 en las orejas  y los anteojos llenos de cal. Lo vi sonreír. Ahora cuando nos cruzamos, saluda antes que su padre.

Esto sonaba en mis auriculares

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