¿Qué tienen en común Héctor Olivera, Julio Verne y Héctor Germán Oesterheld?…

Antes de ayer por la mañana quedé en un estado de confusión y sobrecogimiento casi alucinatorio. Tuve que entrar al bar San Juan y tomarme un café para enfocar en coordenadas temporo-espaciales adecuadas.

Estoy tratando de pensar, pero creo que fueron tres veces en las que me sentí parte de una obra artística. No me refiero a tomar parte en una representación teatral, sino otro tipo de participación, casi como un voyeur o como decorado.

La primera vez fue cuando vi La Noche de los lápices de Héctor Olivera.

La película se había estrenado hace muchos años, pero era de esas que creía haber visto visto y resulta ser que no.

Por ese tiempo yo estudiaba Antropología en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata y trabajaba de preceptor en el Bachillerato de Bellas Artes, que depende de la UNLP. Para ingresar al Bachillerato debía entrar por la Facultad de Bellas Artes y pasar por los pasillos, entre reproducciones de esculturas. Hay una muy significativa, que -El Dr. Freud me perdone- no recuerdo si es El David de Miguel Angel, o El Pensador, de Rodin.

Esas eran las molestas estatuas que casi detenían mi marcha apresurada  a ingresar temprano  al trabajo, (Las siete y cuarto de la mañana).

Cuando vi la película de Olivera, el Bachillerato, esos pasillos, la noche de los lápices, las estatuas, los adolescentes de las aulas, cobraron una significación diferente. Por momentos, comencé a pensarme parte del decorado de la película de la historia. Lo que veía estaba cargado de una significación diferente. Todo lo inanimado estaba vivo y testigo de una historia  reciente. El hecho mismo de ser preceptor, comencé a sentirlo con una inexplicable culpa.

La segunda vez  sucedió ya estando casado y aún sin hijos. Con Eugenia decidimos conocer Tierra del Fuego. Hicimos un viaje extraño: volamos por Aerolíneas Argentinas, pero para ser acampantes en el Parque Nacional Tierra del Fuego, frente al Canal del Beagle.

Ese viaje nos deparó muchas sorpresas: la primera que la carpa no bajó en el mismo vuelo. Debimos esperar tres días para recuperar nuestro equipaje. Pero no estuvo del todo mal esa desgracia: nos hospedamos frente al canal Beagle en una posada de ensueño, y recorrimos todo Ushuaia.

Cuando finalmente llegó un vuelo con nuestra carpa, pudimos instalarnos en el Parque Nacional. Nos maravilló la naturaleza, el bosque de Notofagus
Hojas de lenga "Nothofagus pumilio"

y la sensación de estar en un ambiente casi sin modificar desde la época en que allí vivieron los Selk-Nam.

Eramos parte del decorado del libro de Martín Gusinde. Sacamos tres o cuatro fotos y se traba la palanca que corre el rollo. En el primer viaje de vuelta a Ushuaia, llevamos a repararla, con la sorpresa que ahí es zona franca libre de impuestos y una cámara réflex automática con un zoom gigante, salía lo que nos imaginamos saldría la reparación. ¡Nos volvimos al Parque con cámara nueva!

-Regresemos al motivo de esta loca entrada-

Por las noches (luego de cocinar a leña en un fogón), iluminados con un farol, llenos de olor a humo, y entre tragos de un brebaje que preparamos con whisky y chocolate águila, leíamos la novela de Julio Verne. “Los Naúfragos del Jonathan”.

La novela se situaba en la Isla de Hoste, en el Canal del Beagle. La historia relata las peripecias que tienen unos náufragos y la posibilidad (o más bien la imposibilidad, desde la perspectiva del choto de Verne), de organizar una sociedad socialista. (Se asemeja bastante a La rebelión en la granja de Orwell).

Tratamos de averiguar dónde estaba esa isla y resultó ser lo que veíamos cuando nos acercábamos a la costa.

Toda la lectura nos atrapó: la novela es repudiable ideológicamente, pero estábamos casi en cuerpo y alma dentro de la Isla de Hoste. Lo que veíamos de día era inmediatamente remitido a la novela de Verne y al texto de Gusinde “Los indios de Tierra  del Fuego”, que habíamos leído en Etnografía l. Eramos sobrevivientes del Jonathan, eramos Selk-nam, éramos naturalistas.

La tercera vez, fue antes de ayer. Todavía no estoy repuesto.

Hace unos días busqué y encontré la adaptación a radio-novela que hicieron en Radio Provincia de Buenos Aires de la obra de Oesterheld, El Eternauta. (Si pincha el enlace podrá ver la entrada con otro enlace para bajársela).  Bajé los 21 capítulos en formato mp3 y los puse en mi reproductor portátil, de manera de poder escucharlo cuando camino por la ciudad.

La adaptación, cambia las coordenadas espaciales y temporales de la obra original que comenzaba con amigos jugando al truco en una casa de Viecente López para luego desarrollarse en Buenos Aires. En el radioteatro, todo se inicia en Villa Elisa y se desarrolla en La Plata en un tiempo reciente.

Si no saben de qué va la obra, en una horrenda síntesis, diré que es una historieta de ciencia ficción que comienza con unos amigos jugando al truco  en una casa y unos copos de nieve que matan a todo ser vivo. Es un ataque extra-terrestre y se trata de la resistencia y la lucha. Pero la historieta está cargada de analogías con la historia argentina y el condimento que su autor, miembro de la organización  Montoneros, es desaparecido junto a sus cuatro hijas.

Antes de ayer por la mañana, hice mi habitual recorrido, conduciendo desde  City Bell -pegado a Villa Elisa- hasta La Plata, por el Camino Centenario.

Mientras manejo, escucho la versión radial del Eternauta y justamente es por ahí, el Centenario, por donde los sobrevivientes-resistentes se encaminan a La Plata, a combatir con el enemigo. Luego de dejar a mi hijo con su terapeuta y el auto estacionado cerca de Plaza Moreno, sigo escuchando mientras camino al trabajo.

Llego a  Plaza San Martín y el relato radial se sitúa en esa Plaza. Allí hay dos combatientes que están  a atacando la Glorieta, que es lo que veo cuando levanto la vista.

¡Estoy entre  ráfagas de ametralladora y explosiones de granada!… La gente  que veo con mis ojos, camina como si nada ocurriera, pero por los auriculares puedo “ver” una batalla también real y la glorieta intacta.

En el relato, nuestros héroes corren hasta la Sociedad Española, para subirse al techo donde en otra época Rodolfo Walsh jugaba al ajedrez. Tengo que ir al Ministerio de Desarrollo Social, pero mis piernas me llevan hasta la Sociedad Española. Y miro por la ventana, -tal vez tratando de ver a Rodolfo ahí adentro- . Todo lo que está ocurriendo es muy fuerte, mientras por mis oídos resuena el enfrentamiento armado,  los transeúntes del “mundo real”, caminan indiferentes.

Debo tomarme un café… y ahí comienzo este relato que estás leyendo. Por la tarde de ese día, las noticias afirman que los responsables de El Vesubio (Uno de los centros clandestinos de detención durante la dictadura militar) fueron condenados. Allí estuvo detenido Oesterheld. Pasaron treinta y tres años entre que es desaparecido y son juzgados los responsables. Igual brindo por eso.

Fragmento de las palabras introductorias de Oesterheld en El Eternauta: “El Eternauta es una de las historias que recuerdo con más placer. El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intensión previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s